domingo, 1 de junio de 2008

protestas de pescadores por el precio del gasóleo


Estos días ha vuelto la polémica cíclica sobre el precio del petróleo y la necesidad de ayudar a ciertos sectores económicos. En este caso son los pescadores. Si se cede en algo, detrás vendrán los agricultores y luego los transportistas -o vercevisa.

Creo, aunque no estoy seguro, que el presidente francés Sarkozy ha sido esta vez el que ha levantado la liebre, con sus declaraciones proponiendo aligerar de impuestos los combustibles en la UE (cosa que, al parecer, será casi imposible de conseguir, lo que lo hace un brindis al sol). Poco importa, sin embargo, qué gota haya desbordado el vaso, sino el hecho de que éste estuviera lleno.

Efectivamente, el precio del gasoil es elevado, y esto disminuye el beneficio que se obtiene de la pesca (y/o aumenta los precios). Y esto me lleva al problema que subyace bajo toda esta discusión: ¿compensa mantener artificialmente un sector económico concreto en detrimento de los demás? Y lo que más me importa: ¿es ético que las instituciones económicas mundiales impongan a los países en vías de desarrollo la liberalización de su economía mientras los países avanzados conceden ayudas a ciertos sectores deficitarios?

La conciencia de la clase media-alta se mantiene en paz en la medida en que milita contra la pobreza, y contra su propio gobierno para que ayude a los países pobres (no creo en las "vías de desarrollo" de Níger o Mali). Quizá hagan también donaciones a MSF o a Intermon, y luego ya pueden volver a sentarse en su consulta, despacho o estudio a ganar 90€/hora.

Pero la lucha de clases ha sido sustituida por la lucha dentro de la misma clase. La diferencia es el origen, la nacionalidad. El sistema financiero está encantado de no tener fronteras para el dinero pero de tenerlas -lo más impermeables posible- para las personas. Esto hace el mundo más estable para las inversiones y permite comprar a 1 y vender a 100 sin sustos.

Esto último lo sabe todo el que esté un poco al tanto de las bases de los movimientos anti-globalización. Sin embargo, yo quiero introducir un matiz en esta explicación ya clásica: los culpables no son esos oscuros financieros cuyo nombre no sale en las revistas, esos seres sin escrúpulos en cuyas manos están los hilos que mueven el universo los que mantiene este estado de cosas. No hay reuniones en la sombra para mantener la impermeabilidad de las fronteras. No. Lo único que hace falta es un sistema democrático y permitir al pueblo que decida. Cuanto más empujen los que quieren entrar, más cerrarán la puerta los de dentro. Y lo mejor de todo es que es una lucha entre clases medias y bajas. No hace falta mancharse las manos.

En esta situación general se enmarcan las protestas de estas personas, que se dedican a la pesca extractiva, para que uno de sus costes sea subvencionado. Y el problema es que esta gente está cogiendo una riqueza que se halla lejos, que pertenece en muchos casos a otras naciones, y que esas naciones obtienen por ese bien que les pertenece mucho menos que nuestros compatriotas. Ellos viven en países con rentas per cápita de miseria y nuestros proletarios piden un poco más de sopa al Estado. Para que aquellos negritos sigan muriéndose de hambre.

Antes era fácil: el culpable era el que tenía el capital, y los oprimidos los que trabajaban para él. Ahora todos los que trabajan se roban y compiten entre sí, y el capital es algo inasible, que está en todas partes y en ninguna a la vez, no pertenece al señor de la chistera sino en muchos casos a los propios proletarios, que con sus planes de pensiones gestionados por grandes financieras están fomentando -al exigir rentabilidad- que se explote y robe a los propietarios de los recursos, esos otros desposeídos del tercer mundo. Pero no sólo eso, sino que estos nuestros proletarios votan por sistema a partidos que protegen sus intereses, y entre ellos está impermear la frontera para que esos pobres a los que expolian no puedan venir aquí, a quitarles el trabajo.

En países como el nuestro, ya no hay izquierda posible sin un intenso autoengaño.

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