Quiero daros asco
quiero daros miedo
Quiero que tembléis y vomitéis
Veros huir en desbandada
Me levantaré
Voy a por vosotros
Ojalá que no me duelan
los cortes en la cara
con la hoja de afeitar
Aquí me tenéis, durmiendo en el cajero. Fuera hace un frío de muerte. Hoy sólo saqué lo suficiente para dos cartones de vino y un paquete de tabaco. Aquí me tenéis. Yo, que tuve casa, trabajo, mujer y tres hermosos hijos. Yo, al que todos respetaban. Yo, que tuve padres cariñosos. Yo, que era un miembro respetado de la sociedad. Aquí me tenéis, cubierto de cartones y papel de periódico, acostado en un angosto cajero.
Por suerte, ya no temo que me vea alguien conocido. Hace unos días me crucé con mi mujer y mis niños y ni siquiera me miraron. He descubierto que soy invisible. Una vieja ilusión desde pequeño, que era ser un espíritu impalpable para poder ir donde quisiera sin que me viesen, finalmente se ha cumplido. Pero con una diferencia: en mi fantasía no dolía tanto.
Miro a los pocos que pasan por la calle, y pienso en lo distintos que se creen de mí. Del otro lado del cristal blindado, se creen a salvo de la miseria. Creen que yo nací así, en un poblado de chabolas, quizá. No se plantean que puedo haber sido como ellos. Que de hecho lo era. Y sólo hace dieciséis meses de eso.
Otra vez viene un grupo de jóvenes a mirar desde fuera. Creo que son los mismos de antes. Me siento avergonzado. Y tengo miedo. Me miran burlones, superiores. Dos o tres de ellos son niños, sin pelo en la cara. Y sin embargo sé que estoy a su merced. Pienso en pulsar el botón de ayuda del cajero, pero en este momento me doy por vencido. ¿Para qué? ¿Acaso merece ser vivida esta vida de mierda? Sólo espero que se apresuren y no me hagan sufrir.
Cuando abren la puerta no parecen tan seguros. Son las caras de alerta y miedo del que se enfrenta con una araña o una serpiente, con un leve matiz de asco. Aparece uno de los niños desde atrás con una botella y me salpica con ella. El cajero apesta a gasolina. Me marea.
Siempre me gustó el olor a gasolina -pienso, mientras el frío desaparece para siempre.
publicado desde móvil (sin enlaces; el aclamado dispositivo blackberry no los permite)
Los millonarios somos atacados con frecuencia, injustamente, por recluirnos en ghettos, protegidos por seguridad privada. Y esto nos indigna. Nos indigna porque no es una elección libre, el segregarnos. No. Qué más quisiéramos nosotros que poder vivir en cualquier lugar, mostrando nuestros automóviles de 100.000€ a los desarrapados de nuestros vecinos. Codeándonos en la panadería con esos indigentes, ellos con sus camisetas desbocadas de publicidad de Fanta, nosotros con nuestras Pierre Cardin (cuidadosamente desgarradas), de estética parecida pero NO IGUAL.
Pero es que no es posible. Esos arrastrados se empeñan en no reconocer su inferioridad, su incapacidad para generar riqueza, su pertenencia al sector que se-esfuerza-pero-no-llega. Y actúan sin respeto alguno a los que lideramos la sociedad. Nos desprecian, nos insultan y, en ocasiones, incluso nos roban.
Es por eso que vivimos en jaulas de oro. Tenemos que gastar en empresas de seguridad para que -a pesar de nuestros ideales progresistas- nuestros Grandes Simios específicamente entrenados baqueteen a los miserables que intentan invadir nuestra propiedad. No es por motivos ideológicos, sino por el más elemental instinto de supervivencia.
Y lo más terrible es cuando, después de lo que explico, escuchamos a uno de esos demagogos populistas decir que los pobres viven en barrios sin servicios adecuados, en hacinamiento, porque no pueden hacer otra cosa; se atreven a decir que se ven, obligados por las circunstancias, a vivir en el poblado de chabolas. Y nosotros, los millonarios nos retorcemos incómodos porque lo que más desearíamos es vivir en una comunidad tan íntima entre personas, formando una red social en la que nadie se ve desatendido. No saben estas personas lo mucho que envidiamos a los que viven en comunidades de indigentes, sin pertenencias, sin riqueza, sin preocupaciones, ayudándose unos a otros.
Ellos son los que viven en libertad. Pueden ir adonde desean, hablar con quien quieren, comer o no, dormir o no, sin temor a ser atacados, robados, expoliados, violados o asesinados. Sin ese terrible peso que es para nosotros proteger nuestra riqueza.
Dichosos ellos, los menesterosos, que son libres. Compadecednos, sin embargo, a los ricos, que sufrimos la prisión a la que la fortuna nos somete.
publicado desde móvil (sin enlaces; el aclamado dispositivo blackberry no los permite)

Mamá era encantadora durante el día. Nos quería muchísimo, y nos lo demostraba a todas horas. Sin embargo, por las noches mamá cambiaba totalmente, y ya no nos quería igual. Nos obligaba a permanecer en silencio en la habitación, mientras ella copulaba con desconocidos. Si nos atrevíamos a salir del catre para lo que fuera se ponía como loca, nos pegaba, nos insultaba y a patadas nos devolvía a la cama. En muchas ocasiones yo me meaba en la cama, porque ella no nos dejaba ni siquiera ir afuera a mear.
Un día, mamá mató a mi hermano. Digo mi hermano porque no tenía nombre. Era sólo mi hermano. Ella llegó borracha a casa y se lo encontró fuera de la cama. Le pegó una patada en la cabeza que lo lanzó contra la piedra del hogar, y ya no se movió más. Por la mañana, cuando mamá se volvió buena, lloró por lo que había hecho, pero ya no tenía solución.
Yo continué allí, con mucho cuidado para que no me encontrase por las noches, cuando se volvía un monstruo, y por la mañana volvía a ser cariñosa y preocupada. Yo siempre pensaba que de noche se convertía en un monstruo, y que era peligrosa, pero que ella no quería en realidad hacernos daño, sino que se convertía en otro ser.
Cuando fui haciéndome mayor, mi mamá comenzó a ser monstruo durante el día también, así que me fui de casa.
No volví a verla más.
Acabo de encontrarme con Marta la negra. Iba trastabillando con una muleta, demacrada y delgada como un espárrago triguero, con una blusa estampada en blanco y negro, con un aspecto muy joven y arregladita, pese a su evidente sidazo (¡toma prejuicio!, ¡pues anda que no podía ser perfectamente un cáncer de cuello de útero!). Iba con un hombre y dos adolescentes, chico y chica, que le ayudaron a meterse en el coche.
No quiero entrar en detalles (quiero, pero no debo), pero diré que con Marta viví un cortísimo y tórrido episodio. Era una reina punkie, una Siouxsie Nacional Popular Galega, clavada a la Kampanilla de Peter Pank (glorioso comic ochentero de Max). Lo que Kampanilla tenía por detrás (alas) la negra lo tenía por delante (*****). Imagináosla con la piel blanca, pantalón estrecho y camiseta de tirantes negra, erizada de pinchos metálicos y oliendo a colonia de bebé.
De aquello no queda apenas nada; una mujer madura prematuramente enferma, renqueando con aquella sonrisa de entonces, pero algo agriada.
Hola, ¿eres Marta? Sí, ¿quién eres tú? Soy Javier, ¿te das cuenta?, claro, todos hemos cambiado; como hace tanto que no nos vemos… Ah, sí, claro, que eras amigo de Pablo, ¿te acuerdas de Jorge? ¡Joder!, Jorge, perdona que no te había reconocido. Claro, sin la cresta… Joder, pues sí que hemos cambiado todos (silencio incómodo). Ja, ja, sobre todo yo, que estoy hecha una mierda. ¿Qué dices?, mira, estamos vivos, y eso es más de lo que pueden decir muchos de los de entonces. Mira, Javier, no sé si no me sería mejor haber muerto entonces. Y entonces no se me ocurre nada mejor que espetarle: ¡naaaah, mujer!, si estuvieras muerta no dirías eso.
Si es que cuando estoy inspirado…
Este año, el Día de la (Cruda) Verdad llegó antes de lo habitual. Estos últimos días ha hecho bastante calor, y nos hemos visto obligados a bajar rápidamente la ropa de verano.
Lo primero que he intentado es ponerme un pantalón corto que el año pasado me quedaba justito. Pues bien, este año ya no me queda ni justito. Oleadas de manto adiposo luchan por huir de la opresión de la cintura, que dan ganas de llamar a Amnistía Internacional para iniciar una campaña ante la ONU.
Deseché el pantalón, convencido de que había encogido, y retorné al vaquero largo que por error había comprado de una talla más hace un año, el único vaquero que me queda realmente bien ahora.
Pero qué podía esperarse de un año entero mojando pan en el aceitazo del pulpo, en la salsota del pollo de mamá, en la ensaladilla de mi suegra…
Si no fuera un lipántropo-colesterohólico, aún existiría riesgo de llegar a ser anoréxico, pero puedo estar tranquilo, que me gusta jalar como a un obispo tocar las narices.
Y mañana mismo, empanada para empezar, churrascazo con su grasota y helado de postre.

Prueba de habilidades sociales de software para robots
Creamos un medio ficticio en el que somos dos amigos que no se ven desde hace tiempo. Esta es la conversación:
–¡Hola! ¿Qué tal te va? (me da la mano; un poco muerta; habrá que aumentar un poco la fuerza, pero con cuidado de que no nos fracture los dedos).Al final he tenido que resetearlo. La lógica aristotélica es demasiado estricta para la vida real, me temo.
–Bien, como siempre.
–¿Qué tal los niños, con quién los dejaste? (vaya, entramos en terreno minado)
–Muy bien, gracias. Están con la nanny.
–¡Ah!, claro. ¿Por qué no estás con ellos? (esta pregunta ya es demasiado agresiva)
–Porque tengo que trabajar.
–¿Le pagas algo a la nanny?
–Pues claro.
–Entonces estás aquí para ganar dinero y pagar a la nanny que te permite estar aquí y ganar dinero y pagar a la nanny que te per… (aquí entra en un bucle)